"EL RÍO COLOR DE LEÓN"

Buenos Aires es mi ciudad, la capital de la República Argentina, bonito país de América del Sur. Está ubicada a orillas del Río de la Plata, un río con singulares características que lo hacen único en el mundo. Su color marrón hace que se lo denomine: "el río color de león" no solo por su color, sino también por la ferocidad de sus condiciones climáticas. Cada tanto les voy a contar experiencias de navegaciones en este río tan particular que produce en los navegantes deportivos argentinos explosiones de adrenalina majestuosas... Croker Nauta

EL RÍO COLOR DE LEÓN

EL RÍO COLOR DE LEÓN
Foto Satelital del Río de la Plata

lunes, 25 de agosto de 2008

Historias del Periplo parte VI

A la mañana siguiente del sábado, era día libre, no había nada programado.
Todos nosotros y los alumnos, podíamos hacer lo que se nos antojara.

Algunos recorrieron la campiña, otros optaron por subir el arroyo para llegar al puerto y utilizar los vestuarios.
Y otros como Yo, elegimos un día de playa.

Debo sincerarme, aunque opté por la playa, me corte solo.
La verdad es que estaba muy nervioso y solo pensaba como iba a hacer para cruzar al Periplo sano y salvo hasta el puerto de Olivos.
Menuda tarea en la que me comprometí para que mi amigo no perdiera el velero.
Me sumergí en un ostracismo muy fuerte concentrándome para esa navegación, tenía lógicamente algo de miedo, pero al mismo tiempo la fascinación de la aventura.

Enzo me comunico que no nos acompañaría, bajándose del Periplo y me dijo que volvería esa misma tarde en el Buquebus.

Hasta el día de hoy respeto su decisión…

Alguna vez comente que un tripulante es libre de tomar decisiones cuando está embarcado, como la de bajarse de un velero en problemas y no debemos negarnos a ello.

Le pedí que embarcara a los dos alumnos con él, ya que no había lugares en los demás veleros del resto de la flota.

La vuelta iba de a poco tomando forma, y todo esto sucedía en la playa mientras caminaba y juntaba piedras de canto rodado para entregarles a mis hijas como recuerdo del lugar.
Esto lo hago siempre que llego a un puerto navegando, a ellas las pone muy contentas.

Pasó la mañana, mis nervios hacia que no tuviera ganas de comer.
Y tome esa playa como mi oficina de trabajo.
Cada uno de los capitanes de los veleros de la flota del C.P.Y. que se me acercaba, me cuestionaban la navegación que iba a emprender.
Los que más experiencia marinera tenían, me daban ánimo, los de menos experiencia me desalentaban, pensando que lo que íbamos a hacer era una locura, sugerían que dejáramos el velero a reparar para luego ir a buscarlo.

Lógicamente esto no se podía hacer, no disponíamos del tiempo necesario ni el dinero para semejante cosa.

Les juro que aunque sentía miedo, nunca lo demostré y traté siempre de darles tranquilidad a todos, despreocupándolos del riesgo.
Yo estaba seguro que lo podíamos hacer y sentía la responsabilidad de no abandonar a mi amigo Eduardo Bigotes quien había confiado en mí como tripulante.
Sentía que no lo podía defraudar, me ponía en su lugar, a mí no me gustaría que mi tripulante me abandonara en una situación similar.

Las horas transcurrían, el día era fantástico, me tiraba al Río de la Plata que en esta costa era limpísimo casi cristalino, y esto era debido a que esta playa no era de arena, sino que era de canto rodado, y estos funcionaban como un gran filtro haciendo que el agua parezca la de un gran lago.
En verdad parecía un gran lago ya que no soplaba nada de viento, no existían olas.

Hoy me doy cuenta analizando y haciendo memoria que por un momento peque de soberbio al no escuchar a mi amigo Enzo la sugerencia que me hizo esa misma mañana, pero Yo humildemente tengo que reconocer que estaba dolido de la decisión que había tomado de abandonarnos, mal pensé:

“Que me viene a sugerir este Chabón, que es lo que tengo que hacer, si me deja solo con Eduardo en este bendito quilombo, la puta madre, te daría bola si aún estarías embarcado con nosotros”

Mi respuesta fue rotunda:

¡No, nosotros zarpamos mañana!

Como me equivoque pensaba…

La soberbia de un Capitán que en un momento critique en aquella navegación a Quilmes, la cometía Yo en este momento.

Lo que me proponía mi amigo era la solución de menor riesgo, todo ese día las condiciones en el Río de la Plata eran óptimas para navegar el velero sin velas, solo con su motorcito fuera de borda hasta Olivos, tranquilos sin viento ni ola, evitando que nos pusiera a nosotros y nuestra embarcación en riesgo.

Su sugerencia era sabia, pero mi calentura con él (por su actitud) sumado a mi soberbia marinera pudieron más.

La verdad estuve mal en no escucharlo, y a la larga en algo, él tendría razón...
Pero la desición era nuestra, de Eduardo y mia.

Yo estaba seguro de cruzar el velero con velas apoyado para orzar en su motor fuera de borda.
Esta era mi táctica y Eduardo me apoyaba en un ciento por ciento.
Lo otro que pensábamos con Edu era, que siempre estaríamos asistidos por la flota, ante cualquier eventualidad alguno de ellos nos remolcaría.
Estábamos los dos muy seguros de lo que íbamos a emprender, y la verdad que Yo veía a Eduardo tan distendido y me daba tanta confianza, confiaba tanto en mí, que me cargaba de energía positiva para esa navegación.

Llego la noche, cenamos y se armo baile en el Fugitivo, pero Yo estaba tan preocupado que no tome una sola gota de alcohol, es más no baile, y al rato me fui a dormir al Periplo.
En mi cabeza solo tenia como objetivo estar lucido para cruzar.

¿Qué táctica aplicaría?

Mis conocimientos en navegación se pondrían a prueba en una situación límite, otra vez.
Y me vino a la memoria la histórica navegación del Geks con Guillermo Senders, y la otra vez que me fueron a rescatar después de haber estado a la deriva por más de ocho horas en una tormenta frente a las costas de Nuñez.

Por momentos pensaba:

¿Otra vez en quilombo?

¿Por qué Yo?

¿Qué mierda quiero demostrar, y a quien?

¿Será parte de mi aprendizaje?

Con el tiempo descubrí que sí.
Todo lo que me pasó tenía que pasar.
Y todo esto me pulió como navegante.

El día lunes amanecí temprano, todos dormían y caminando fui a la playa.
Mire hacia el horizonte, no se veía pero estaba allí, en esa dirección, cruzando el gran charco, al otro lado, se encontraba Buenos Aires, la gran ciudad.
Y un poco más al norte como buscando en la nada, mi vista se perdía en la dirección del Puerto de Olivos nuestro destino y el del resto de la flota del C.P.Y.

Este día el Río se había levantado furioso, viento Norte moderado con rachas fuertes y con bastante ola.

Veía zarpar algunos veleros que habían estado amarrados cerca de nuestra flota, a lo lejos los notaba peludeando hasta que desistian y renunciando su travesía, volvían a entrar a puerto para esperar una mejor condición climática.

En ese momento recordé a mi amigo Enzo que en gran parte había tenido razón, pero:

¿Hubiese sido bueno largarse a cruzar el Río de la Plata solos, con un velero sin maniobra?

Mi respuesta hoy después de mucho tiempo y con algo más de experiencia es…

¡No!

Estoy seguro que con Eduardo hicimos lo que teníamos que hacer.

Vista de la Playa de Riachuelo foto levantada de Internet.
Croker Nauta

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